Por: Daniel Avila
Hoy en día nos preocupamos por demostrar lo inteligentes que somos, lo cierto de nuestras ideas. Esta premisa es el himno de nuestra nueva era.
Se puede hablar de casi cualquier tema, polémico o no, pero siempre se buscará identificar la cumbre de las ideas razonables a favor nuestro. Cualquier discusión que tengamos, o incluso en cuestiones irrelevantes, siempre intentaremos establecer que estamos en lo correcto y que nuestras ideas están sustentadas.
Veamos un simple ejemplo. Un grupo de amigos se reúne y uno de ellos pregunta la hora; como respuesta recibe un “las 3 y 45”, no sería de extrañarse que al menos uno de los otros amigos dijera “son las 3 y 46 en punto, mi reloj está igualado”. No importa el tema, hoy por hoy, las personas quieren tener la razón.
¿Pero? ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué buscar, de manera tan metódica, tener la razón? Sencillamente porque dentro de la corriente del pensamiento contemporáneo: quien no tiene la razón, no tiene derecho y, por lo tanto, no será escuchado o tomado en cuenta.
El problema esencial no radica en querer tener razón, sino en imponer nuestro razonamiento sin importar otro punto de vista. Es querer tener razón aún cuando estamos equivocados. Es la gente que quiere defender lo indefendible.
Ya desde hace varios siglos se hablaba de la diosa razón y de lo importante que era pensar “racionalmente”. El hecho está en que lo que parece racional, en un inicio, puede resultar no serlo.
Veamos un simple ejemplo. Un grupo de amigos se reúne y uno de ellos pregunta la hora; como respuesta recibe un “las 3 y 45”, no sería de extrañarse que al menos uno de los otros amigos dijera “son las 3 y 46 en punto, mi reloj está igualado”. No importa el tema, hoy por hoy, las personas quieren tener la razón.
¿Pero? ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué buscar, de manera tan metódica, tener la razón? Sencillamente porque dentro de la corriente del pensamiento contemporáneo: quien no tiene la razón, no tiene derecho y, por lo tanto, no será escuchado o tomado en cuenta.
El problema esencial no radica en querer tener razón, sino en imponer nuestro razonamiento sin importar otro punto de vista. Es querer tener razón aún cuando estamos equivocados. Es la gente que quiere defender lo indefendible.
Ya desde hace varios siglos se hablaba de la diosa razón y de lo importante que era pensar “racionalmente”. El hecho está en que lo que parece racional, en un inicio, puede resultar no serlo.
Veamos un ejemplo bastante sencillo. La gente hace 1000 años creía que el sol giraba alrededor de la tierra, hace 100, que el hombre no podría volar, hace 50, que no podríamos estar conectados con todo el mundo; hoy tenemos aviones, celulares e internet. La era contemporánea nos demuestra que más cosas son posibles. El tema no es el avance tecnológico, es como podemos madurar, reconocer que nos hemos equivocado y mejorar.
Segarnos hacia lo que creemos puede resultar seriamente riesgoso. Encerarse en nuestro propio concepto de razón, según lo que nos parece, es alejarse del concepto de verdadera razón. Es ser el hombre que tacho de ridículas, hace más 100 años, las pretensiones de volar.
Hay que mencionar también que, así como mantener una postura inamovible es inaceptable, ser relativista lo es más aún. No tener un propósito firme, un ideal a seguir, nos convierte en anarquistas, almas sin rumbo. Un lineamiento es lo que nos motiva y lo que hace posible tener una meta. El mismo Descartes nos habla de esto cuando dice “sería preferible no investigar a investigar sin un método.” Vivir sin creencias es vivir sin esperanzas.
Ahora, ¿Dónde esta el equilibrio? ¿En quien hay que creer?
Desafortunadamente en nadie, nadie tiene absoluta razón. Por esto es importante escuchar diversos puntos de vista para poder obtener lo más cercano a lo que es correcto. Nunca existe un solo punto de vista, casi toda opinión cuenta.
Desafortunadamente en nadie, nadie tiene absoluta razón. Por esto es importante escuchar diversos puntos de vista para poder obtener lo más cercano a lo que es correcto. Nunca existe un solo punto de vista, casi toda opinión cuenta.
Es por esto que, ciertas actitudes, de ciertos presidentes, deberían cambiar. Abrirse al diálogo no es señal de debilidad, es querer ver más de un punto de vista, es escuchar y no solo oír. Es de suma importancia para el desarrollo integral de las naciones que nos escuchemos y nos escuchen. Maduremos, no creamos saber todo lo que la gente quiere y obtengamos todos algo beneficioso para el país.
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