Por: María José Aguiar Noury
A pocos días de cumplirse tres años del Gobierno de la Revolución ciudadana me pregunto:
¿Qué tanto funciona la democracia en el Ecuador? ¿Qué tanto se presentan los candidatos como realmente son? ¿Qué tanto presentan sus propuestas e ideologías políticas? ¿Qué tanto se interesan por conseguir el verdadero bienestar general? ¿Qué tanto comprenden éste término?
Interrogantes que surgen e instan a descubrir por qué nos declaramos un país democrático. Es difícil entender en qué tipo de régimen vivimos cuando dos de los poderes, ejecutivo y legislativo, son uno sólo. Los ánimos de ciertos grupos se han caldeado cada vez que una reforma legal va a ser instaurada, pero dadas las circunstancias, ¿realmente creen llegar a ejercer presión?
La misma elección popular, símbolo de la democracia, fue la que condujo al país al tipo de gobierno que tenemos. Pero me atrevería a decir que fue una elección a ciegas. Jamás el electorado conoció de boca del actual presidente su ideología política. Si bien su plan de gobierno era instaurar una Asamblea Constituyente que reforme la Constitución y así modificar al Estado del “antiguo régimen” y de la “larga noche neo-liberal”. Jamás dijo: “(…) quiero aplicar el Socialismo del Siglo XII, según los planteamientos del Dr. Heinz Dieterich Steffan, que sigue el vecino país venezolano”.
Ciega mayoría que por ingenua e ignorante eligió un régimen autoritario.
¿Mantenemos nuestras libertades individuales? Aún creo que sí. De hecho estaría dispuesta a ceder algunas, si verdaderamente al transigirlas observara una recompensa futura. Retribución que únicamente se reflejaría en el bienestar objetivo de la población. Porque ¿de qué serviría un sacrificio infructífero?
Eso es a lo que tenemos miedo, a ceder y salir perdiendo.
Un gobierno que se jacta de eficiente, no es aquel que simplemente no tiene oposición. Es aquel que escucha todas las propuestas alternativas y consigue un modelo en el que participen todos los sectores de la población, y así consigue instituciones fuertes y eficaces que sepan gobernar. Por eso se hallan en el poder. La falta de oposición degrada al gobierno, lo seca y perjudica, a largo o corto plazo. Podríamos aplicar la frase “ningún gobierno es una isla”.
Y ahora ¿qué hacer? Es necesario despertar de tanta inactividad y conseguir el desarrollo de una verdadera oposición. Al recurrir a éste término no me refiero a querer llevar simplemente la contraria, sino a presentar una vía alterna. Se quiere revolución, perfecto este es nuestro plan. Eso es oposición. Aceptar un cambio positivo es desarrollo.
¿Qué tanto funciona la democracia en el Ecuador? ¿Qué tanto se presentan los candidatos como realmente son? ¿Qué tanto presentan sus propuestas e ideologías políticas? ¿Qué tanto se interesan por conseguir el verdadero bienestar general? ¿Qué tanto comprenden éste término?
Interrogantes que surgen e instan a descubrir por qué nos declaramos un país democrático. Es difícil entender en qué tipo de régimen vivimos cuando dos de los poderes, ejecutivo y legislativo, son uno sólo. Los ánimos de ciertos grupos se han caldeado cada vez que una reforma legal va a ser instaurada, pero dadas las circunstancias, ¿realmente creen llegar a ejercer presión?
La misma elección popular, símbolo de la democracia, fue la que condujo al país al tipo de gobierno que tenemos. Pero me atrevería a decir que fue una elección a ciegas. Jamás el electorado conoció de boca del actual presidente su ideología política. Si bien su plan de gobierno era instaurar una Asamblea Constituyente que reforme la Constitución y así modificar al Estado del “antiguo régimen” y de la “larga noche neo-liberal”. Jamás dijo: “(…) quiero aplicar el Socialismo del Siglo XII, según los planteamientos del Dr. Heinz Dieterich Steffan, que sigue el vecino país venezolano”.
Ciega mayoría que por ingenua e ignorante eligió un régimen autoritario.
¿Mantenemos nuestras libertades individuales? Aún creo que sí. De hecho estaría dispuesta a ceder algunas, si verdaderamente al transigirlas observara una recompensa futura. Retribución que únicamente se reflejaría en el bienestar objetivo de la población. Porque ¿de qué serviría un sacrificio infructífero?
Eso es a lo que tenemos miedo, a ceder y salir perdiendo.
Un gobierno que se jacta de eficiente, no es aquel que simplemente no tiene oposición. Es aquel que escucha todas las propuestas alternativas y consigue un modelo en el que participen todos los sectores de la población, y así consigue instituciones fuertes y eficaces que sepan gobernar. Por eso se hallan en el poder. La falta de oposición degrada al gobierno, lo seca y perjudica, a largo o corto plazo. Podríamos aplicar la frase “ningún gobierno es una isla”.
Y ahora ¿qué hacer? Es necesario despertar de tanta inactividad y conseguir el desarrollo de una verdadera oposición. Al recurrir a éste término no me refiero a querer llevar simplemente la contraria, sino a presentar una vía alterna. Se quiere revolución, perfecto este es nuestro plan. Eso es oposición. Aceptar un cambio positivo es desarrollo.
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